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Polvo eres...| Libre

Mensaje por Kaleb G. Sovngarde el Sáb 30 Mayo - 15:01

La noche volvió a su siniestro silencio cuando Kaleb paró el motor de su coche. Una fina película de lluvia hacía centellear el capó de su vehículo, lo bastante como para no tener que lavarlo al día siguiente, pero no lo suficiente como para terminar de quitar los restos de las amables aves que no habían encontrado un cuarto de baño más adecuado.  El hombre escrutó por el cristal delantero a la oscuridad, atento a cualquier movimiento, de vivos o muertos. Afortunadamente, para los vivos era demasiado tarde como para pasear por un cementerio, y los muertos parecían haberse tomado el día libre en su eterno y condenado devenir. Estaba solo. Lo cual era bueno. No siempre lo era, como cuando uno se está hundiendo en un trasatlántico (siempre es bonito el tener a alguien a tu lado, a modo de solidaridad; el saber que no te mueres solo reconforta de una manera macabra. Yo muero, pero tú también. Te fastidias). Más, como en estos momentos no estaba en esa situación, la soledad que se le ofrecía ante sus ojos era más que adecuada. Nada de ojos avizores en su alrededor. Era justo lo que necesitaba.

Se bajó del coche con cierta dificultad. Todavía le dolía el brazo, allí donde aparecía un largo arañazo de arma blanca. El vendaje rudimentario (en su principio blanco pero ahora teñido de un rojo que combina muy bien con la sangre) parecía hecho por un caballo manco, pero al menos servía para el cometido de tapar la hemorragia. “Ese hijo de p***a era duro de roer”, pensó para sus adentros el rubio, mientras examinaba una vez más sus heridas a la luz de la luna. Muchos moretones en diversas zonas de su cuerpo, el labio partido, la herida del brazo…no era su peor día. Al menos, esa vez no le habían saltado los dientes. La última vez se gastó un montón de dinero en arreglarse la boca y, la verdad, no quería volver a pasar por aquello. Una boca dormida por la anestesia no era lo más digno a la hora de tratar de dar caza a los seres que el perseguía. Algo así como: “¡Alfto, cdiatuda inmuneda!” no era lo que más intimidaba. Y menos si se te estaba cayendo la baba por la comisura de los labios mientras lo decías. No imponía mucho, ciertamente.

La fina lluvia empapó el interior del maletero cuando Kaleb lo abrió lentamente, revelando un sospechoso bulto envuelto en una manta de Hello Kitty. Si, vale, era lo único que había podido encontrar cerca, no lo juzguéis demasiado duramente. Siempre era mejor que la visión del tío tatuado con la cabeza a medio machacar. Aunque la blanca cabeza de Kitty estaba tan empapada del rojo fluido que hasta parecía ella que ella misma había sufrido las heridas de la persona a la que contenía.  Sus vacíos ojos negros lo miraban acusadores, como si estuvieran enfadados con él. Reprochándole lo que acababa de hacer. El rubio le devolvió la mirada, desafiante. No iba a dejar que ningún gato cursi de dibujos le controlase moralmente. Deshizo el burrito en el que había convertido a su enemigo, doblándolo de tal manera que esos ojos negros quedaron fuera de su vista. Ahora solo quedaban los ojos verdes del hombre de los tatuajes, que no lo miraban acusador, sino que se volvían hacia el infinito, como viendo algo que el propio Kaleb no era capaz de ver. No le importaba lo que viera, de todas formas. Le bastaba con que siguiera callado y muerto.

Se lo cargó al hombro como si fuera un saco de patatas especialmente pesado (oferta 2x1 en el supermercado. ¡Un chollo!) y lo llevó hasta un rincón apartado. Una pala estaba allí, esperándolo, maldiciendo por lo bajo su tardanza y pensando si ese vestido le haría gorda y si le pegaba con los zapatos. El hombre la cogió y se dispuso a abrir una tumba vieja, de esas a las que el tiempo le ha borrado hasta el nombre de la lápida. Nadie repararía en ello. No habría nada por lo que sospechar; solamente era una tumba más. Ningún alma sabría nunca de esa tumba estaba ocupada por dos personas, y que uno de aquellos cuerpos era mucho más reciente que el anterior.

Bajo la reluciente lluvia, Kaleb lanzaba montones de tierra a su alrededor. El hoyo era lo bastante grande como para que cupiese una persona entera. Al poco rato, un viejo ataúd de madera surgió entre los terrones del suelo, y dentro de él, un esqueleto grisáceo sonrió al rubio. Sin siquiera saludar al pobre morador de la tumba, cogió a pulso a su nuevo amigo y lo dispuso sin mucha delicadeza con su nuevo compañero de cuarto. Terminada su misión de esa noche, se dispuso a volver a tapar a los dos cadáveres, quienes ya parecían estar discutiendo quién se quedaba la litera de arriba. Para cuando el hombre hubo repuesto toda la tierra en su sitio, nadie hubiera dicho que allí se hubiera excavado hace poco.

Con el aliento acelerado por el esfuerzo, el hombre volvió hacia su coche, sentándose en el asiento del copiloto con la puerta abierta y los pies en el suelo del cementerio. Se sentía extenuado, pero satisfecho. El mundo era un poco más seguro aquella noche. Sin aquel hombre tatuado de ojos verdes, los humanos normales y corrientes estaban más a salvo que el día anterior. Pero menos que el día de mañana. Siempre había algo que amenazaba al humano de a pie. Demasiadas criaturas en la oscuridad, demasiadas manos manchadas de sangre humana. Demasiados crímenes sin castigo. Hasta el momento. Porque toda aquella sangre sería reparada. Todas esas manos serían lavadas, o, si era necesario, arrancadas de las muñecas de sus dueños. Siempre había que hacer lo necesario. Pero no todo el mundo lo hacía.

Kaleb sí. Siempre hacía lo que había que hacer. Incluso cuando no estaba muy claro que era. Aquel hombre de los tatuajes le había intentado hablar. Él se había defendido como bueno. Un cazador de no-se-qué. A Kaleb no le había importado. No era humano. Por lo tanto, amenazaba su seguridad. Y, por consiguiente, debía ser eliminado. No había otra lógica que no fuera aquella. No le importaba si aquel hombre pensaba que estaba haciendo algo bueno. El rubio sabía que no era así. Nada de lo que aquellos no-humanos hacía estaba bien. Eso Kaleb lo tenía muy claro. Y sus argumentos no habían impedido que le machacara la cabeza. No era nada personal. Solamente pensaba que estaban mejor bajo tierra. Todos ellos.


Kaleb G. Sovngarde


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